La ansiedad moderna no viene del exceso de presión.
Viene del exceso de potencial no usado.
Gente con tiempo.
Con internet.
Con cámara.
Con voz.
…que no hace nada.
No están cansados.
Están desperdiciados.
Y eso pudre por dentro.
Por eso el insomnio.
Por eso la irritabilidad.
Por eso el enojo con el mundo.
Por eso la obsesión con la vida ajena.
No es ansiedad clínica.
Es culpa silenciosa.
Culpa de saber que podrías hacer algo
y elegir no hacerlo.
Cada día que no te mueves, el cuerpo lo sabe.
La mente lo sabe.
El estómago lo sabe.
Por eso todo molesta.
Por eso todo irrita.
Por eso todo cansa.
Y cuando aparece alguien que sí se mueve —
aunque se equivoque,
aunque falle,
aunque se vea torpe—
se vuelve intolerable.
No porque lo haga mal.
Sino porque te recuerda lo que tú no estás haciendo.
El fracaso ajeno duele menos
que el intento ajeno.
Porque el intento expone la verdad:
no estabas bloqueado,
no estabas oprimido,
no estabas esperando el momento.
Estabas cómodo.
La mayoría no está rota.
Está quieta.
Y el cuerpo humano no fue diseñado para la quietud.
Fue diseñado para el riesgo, el movimiento, la fricción.
Por eso hoy todos hablan.
Opinan.
Juzgan.
Pero casi nadie ejecuta.
Porque ejecutar te quita la excusa.
Te quita la fantasía.
Te quita la coartada.
Y ahí sí…
ya no hay a quién culpar.
Muévete.
Intenta.
Falla si hace falta.
Pero deja de pudrirte en pausa.
Eso sí es mortal.


